La lógica “INDEPE”

Hace un tiempo compartí en Facebook una petición de firmas para la devolución de las competencias de educación al gobierno central. A los pocos minutos, una amiga independentista y republicana de Barcelona comentaba mi publicación. Parece ser que no le sentó demasiado bien que el hecho de que pueda existir gente que piense que eso sería una solución al adoctrinamiento y la manipulación que sufre el alumnado de la escuela pública catalana.

Mi amiga comenzaba diciendo que la información que nos llega a los no nacionalistas es “muy sesgada y malintencionada”. Supongo que, acostumbrados como están a ese dechado de objetividad que es TV3, cualquier información que no se difunda a través de ese medio o de alguno similar es calificada con esos términos por los independentistas. Ahí están también los ejemplos de RACC, El Punt Avui, Ara o Elnacional.cat. Resulta curioso observar como desde estos medios de comunicación se repiten sin descanso dogmas secesionistas cual mantras y se tergiversa información sin pudor. Por supuesto, no se duda a la hora de tachar de sectarios a otros medios que no siguen su línea editorial, acusándoles de dejarse manipular por el “gobierno del Estado español”. Lástima que se les olvide (o que obvien intencionadamente) que este no concede subvenciones directas a medios de prensa desde el año 1988, cosa que sí hacen gobiernos autonómicos como el catalán, el vasco o el gallego, utilizando como excusa el apoyo a la lengua propia, pero teniendo como fin último la propaganda ideológica y la promoción del gobierno de turno. Es en Cataluña donde esta práctica se aplica con mayor entusiasmo: alrededor de 600 medios de comunicación han recibido ayudas de la Generalitat (unos 180 millones de euros entre 2008 y 2014, 82 de ellos en subvenciones directas y el resto en publicidad institucional, sin incluir los presupuesto de TV3 o Catalunya Ràdio).Retomando las palabras de mi amiga catalana, ella continuaba diciendo “tenemos todo el derecho a estudiar nuestra historia, además de la del mundo, y en nuestra propia lengua”. De esta frase me llamaron la atención dos aspectos. El primero de ellos es ese “olvido”, me arriesgo a decir que malintencionado, del estudio de la historia de España. La idea que llevan a la práctica desde hace décadas los independentistas es que en los colegios solo se estudie la propia historia (por supuesto, a su modo) y la del resto del planeta, ignorando la española, minimizándola y presentándola con cuanta más carga negativa mejor. La intención no es otra que dejar una impronta maniqueista en los niños desde bien pequeños, en la que unos son los “buenos” y otros los “malos”, alimentando la animadversión hacia estos últimos y convirtiendo la educación en adoctrinamiento. Nunca reconocerán esta imposición ideológica institucionalizada porque, desde la lógica indepe, esas cosas simpre las hacen los demás, jamás ellos. El segundo aspecto que llama la atención en la sentencia de mi amiga es ese “tenemos todo el derecho”. Nadie niega que sea así respecto al estudio de su historia y de su lengua, pero ¿qué hay de aquellos que viven en Cataluña y desean estudiar en español, ya sea por ser su lengua materna o por elección personal? ¿Acaso ellos no tienen derecho a estudiar una historia objetiva y libre de manipulación sin ser adoctrinados en el independentismo? La Generalitat lleva años incumpliendo sistemáticamente las leyes de política lingüística en la educación pública, saltándose a la torera sentencias judiciales que reconocen el derecho a estudiar en la lengua que el alumno elija y lo más grave de todo esto es que los distintos gobiernos de España no han hecho nada para amparar los derechos de esa parte de la sociedad catalana que solo quiere hacer uso de su libertad.

Continuaba mi amiga: “querer cortar de raíz una cultura es, justamente, sinónimo de incultura”. Tener amigos para esto… Con semejante afirmación, me pone casi a la altura de aquellos que participaron en la quema pública de libros de autores proscritos por el régimen en la Alemani nazi de 1933. Pedir la devolución de las competencias en educación al Estado me convierte a ojos de los separatistas en un sujeto sospechoso de querer liquidar la cultura catalana. Ahora nos encontramos ante otro rasgo propio de la lógica indepe: el victimismo. No hay independentista que no lo explote. Esta característica lleva siempre implícito un reduccionismo radical y simple, muy presente también en otros nacionalismos excluyentes: si alguien aboga por el derecho a elegir en qué lengua estudiar en Cataluña, su fin último es borrar del mapa la cultura catalana. Intenté hacerle ver a mi amiga su actitud paranoide y ella me contestó “podría decir lo mismo de vosotros, pensáis que os odiamos y que el castellano lo queremos erradicar”. Así funcionan las mentes indepes. Nunca reconocerán que esa manía persecutoria contra su idioma y su cultura solo existe en su imaginario colectivo, entre otras cosas, porque se quedarían sin uno de sus argumentos estrella.

“El problema de la educación molesta a un 0,10% de la población catalana y a un 80% de la española”, decía mi amiga. Evidentemente, no cita la fuente de esas cifras y es de suponer que esos porcentajes no tienen ninguna relación con la realidad, sino que son aquellos que a los que piensan como ella les parecen reales y convienen a su visión nacionalista. Lo que sí es cierto es que los alumno castellanohablantes rinden peor, repiten más cursos y se sienten menos integrados en las escuelas que los catalanohablantes, alcanzando tasas de fracaso escolar que doblan a las de estos, según un estudio de Convivencia Civil Catalana. Los estudiantes que tienen como lengua materna el español no solo deben asimilar las materia impartidas, sino que tienen que hacerlo en un idioma que no es el suyo, con las dificultades que esto conlleva para el aprendizaje. Este problema se constata en todas las materias, en todos los tramos de edad y en ambos sexos.Todo esto está reflejado en el informe PISA, que parece obviar mi amiga en sus porcentajes imaginarios. Para ella y ese 99,9 % de la población catalana que cita, esa fractura educativa parece no tener importancia. Pero en realidad somos muchos, tanto en Cataluña como en el resto de España, los que sentimos preocupación ante la situación de desigualdad generada por la inmersión lingüística.

“Lo de Isabel y Fernando el espíritu impera se tiene que quedar en la canción”. Sí, mi amiga tiene ya una edad, porque esto suena bastante antiguo. Reconozco que desconocía la coplilla en cuestión, pero investigando un poco, he comprobado que era popular entre los integrantes del bando nacional durente la Guerra Civil. Esto era lo que faltaba para completar toda (contra)argumentación nacionalista. Siempre hay que traer a colación algún personaje histórico que aglutine todos los males del sometimiento de la supuesta nación catalana. Si no son los Reyes Católicos, serán Franco o Felipe V. A nadie se le da tan bien resucitar muertos y traerlos al primer plano del debate poilítico. Pero, en el fondo, ¿qué harían sin ellos? ¿A qué se agarrarían para justificar esa represión imaginaria que tanto pregonan? A falta de un relato exultante de méritos y gestas propias, lo sencillo es falsear la historia y culpar a los demás. Da igual que Cataluña nunca haya sido independiente. Poco importa que los condes de Barcelona rindieran vasallaje a los reyes francos primero y a los aragoneses despúes. En 1714 no se produjo ninguna invasión del territorio catalán, sino una derrota de los partidarios de los Austrias (mayoría en Cataluña) frente a los Borbones, que ganaron aquella Guerra de Sucesión y se convirtieron en la dinastía titular de la Corona española. Pero usan sin pudor y reiteradamente manipulaciones de hechos de este tipo, retorciéndolos hasta hacerlos coincidir con sus intereses.

Después de todo lo anterior la conversación derivó en vueltas sobre lo mismo. Mi amiga se aferraba al “y tú más”, yo intentaba sin éxito que comprendiera lo que pienso y siento sobre el asunto en cuestión, ella me acusaba y yo me defendía, etc. Y así podríamos haber seguido hasta el fin de los tiempos. El caso es que, desde su “objetiva y bien formada opinión” y en contraposición a la mía (tildada por ella de manipulada y furibunda), lo que deberíamos hacer los que pensamos como yo según la lógica indepe es lo siguiente: primero, pedir permiso para opinar sobre lo que ocurre en una parte de nuestro país ya que “no vivís ni sabéis de primera mano -solo de habladurías y noticias del gobierno- lo que pasa realmente aquí”, palabras textuales. Que yo sepa, la mayor parte de los separatistas catalanes tampoco viven en Castilla, Murcia o Asturias como para saber lo que pensamos y sentimos el resto de españoles, pero se arrogan todo el derecho a a emitir juicios de valor sobre los andaluces, los extremeños o el conjunto de la nación. Segundo, informarnos a través de TV3, Catalunya Ràdio o la prensa escrita catalana subvencionada por la Generalitat, medios veraces y objetivos como pocos que nos mostrarán que estamos equivocados y fagocitados por la maquinaria propagandística y manipuladora del gobierno español. Tercero, mirar para otro lado cuando no se respeta el derecho a estudiar en la lengua materna de cada cual, cuando se ofrece una visión distorsionada de la historia y cuando se adoctrina a los niños en las aulas. Según mi amiga al 99,9% de la población catalana no le preocupa lo más mínimo nada de esto, entonces por qué va a preocuparnos a los demás. Y cuarto, evitar decir lo que pensamos, ya que en el hecho de, por ejemplo, solicitar que se devuelvan las competencias en educación al gobierno central o proponer que se aprube una Ley de Libertad de Elección Lingüística de ámbito nacional para que se implementen políticas de protección de los derechos individuales y de la igualdad, ellos ven la peligrosa intención de erradicar la cultura catalana. Y desde su victimismo seguirán viendo ataques constantes sine die.

De no cumplir con todo lo anterior, para la lógica indepe estamos incurriendo en la falta de respeto sistemática hacia todo lo que piensan y lo que (según ellos) representan. Ignoran que la oposición ideológica bien argumentada no es irrespetuosa, pero no les gusta escuchar lo que no quieren oír. Resulta muy curioso ver como se habla de respeto desde ámbitos que no lo han practicado ni con las instituciones, ni con las leyes, ni con los ciudadanos contrarios a la independencia. Consejos vendo que para mí no tengo.

Elsa Montes
News Reporter

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