La libertad de expresión de la masa

Artur-Mas-Himno

Siendo España uno de los países más liberticidas de occidente, me resulta chocante como ante los hechos del pasado sábado, en el que el himno nacional fue pitado de manera atronadora por los asistentes a la final de la Copa del Rey, celebrada en uno de los estadios con más aforo del mundo (el 5º concretamente), muchas personas se rasguen hoy las vestiduras defendiendo que estos hechos se enmarcan dentro de un difuso derecho a la libertad de expresión.

Piensa mal y acertarás dice el refranero español, así que siguiendo el consejo, debo afirmar mi absoluto convencimiento de que tras la falacia de la libertad de expresión en este particular, se esconde un ánimo totalitario para encuadrar dentro de ese fundamental derecho aquellas expresiones con las que se esté de acuerdo, mientras que deban ser perseguidas cualquier otra que moleste a la mayoría.

¿Acaso no tiene derecho a la libertad de expresión quien acudió al partido expresando respeto por el himno nacional y dispuesto a disfrutar del momento en el que suena por la megafonía? ¿Es superior el derecho a la libertad de expresión de su vecino de asiento, quien le ha privado con su silbato de poderlo escuchar? ¿Son compatibles ambas manifestaciones de la libertad de expresión?

¿Qué debe primar en la libertad de expresión? ¿Poder exponer una opinión sin que nadie pueda perseguirme por su contenido? ¿O hacerlo en cualquier lugar y de cualquier manera? La clave en el derecho a la libertad de expresión es el fondo, no la forma. El fundamento radica en el hecho de alguien pueda decir lo que le parezca oportuno, dentro de un orden, sin que vaya a ser sancionado por ello. Pero no por ello tiene derecho a perturbar a los demás ni invadir su libertad, entre otras cuestiones, a no querer escuchar la opinión de otro.

La libertad de expresión no ampara que entre en casa del vecino a espetarle mi opinión a voces o de seguir a la gente por la calle de igual manera, ya que frente a la libertad de expresión, cabe también el derecho absoluto de la persona a que la opinión del contrario le importe tan poco, que no quiera siquiera conocerla. Que lamentable y cuan arraigada está la frase en esta sociedad buenista y pusilánime: respeto tu opinión, pero no la comparto. Sepa cualquiera que me lea, que yo no respeto las opiniones de los demás por el mero hecho de que tengan derecho a expresarlas. Lo que respeto es esto último: el derecho de cualquiera a decir cualquier chorrada sin que puedan ser perseguido por ello. El derecho a opinar, no la opinión en sí misma.

Defiendo el derecho a no conocer las opiniones de los demás si en mi libertad no elijo conocerlas. Y me parece extremadamente injusto que cualquiera que fuera el sábado pasado al Campo Nuevo de Barcelona sin mayor pretensión que ver un espectáculo deportivo y animar a su equipo, tuviera que aguantar como 90.000 personas o las que fueran, decidieran perturbar el derecho de uno solo a vivir el espectáculo en su plenitud. Pongamos el caso de que una persona, en compañía de sus hijos pequeños por darle mayor empaque al supuesto, decide invertir sus recursos y trasladarse a Barcelona a ver el partido. Compra su entrada que le da derecho a participar de todo lo estipulado por el organizador, la Real Federación Española de Futbol: esto es, asistir al partido en el que previamente se escucha el himno nacional y presenciar la entrega de premios. ¿Es justo que alguien, en pro de su derecho a la libertad de expresión, le prive a otro de presenciar el espectáculo tal y como lo ha adquirido con su entrada?

La Copa del Rey es un evento privado, no debemos olvidarlo. Ni siquiera el rey tiene la obligación de ir y desde luego el himno se reproduce porque así lo ha decidido el organizador. Sea el himno de España o el de los Harlem Globetrotters el que se reproduzca, lo que no es admisible es que se prive a quien al adquirir su entrada adquirió el derecho a escucharlo, por el mero hecho de que a decenas de miles de borregos anormales que también asisten, no les gusten sus acordes.

La definición clásica de justicia, dada por el jurista romano Ulpiano, establece que Iustitia est constans et perpetua voluntas ius suum cuique tribuendi que traducido significa la constante y perpetua voluntad de dar a cada uno su derecho. Se completa con la descripción de los mandatos del derecho, que con más o menos desarrollo siguen siendo como entonces honeste vivere, alterum non laedere et suum quique tribuere, vivir honestamente, no hacer daño a nadie y dar a cada uno lo que le corresponde.

Afirmo por tanto que nadie tiene derecho a ejercer su libertad de expresión perturbando el derecho del vecino (incluso de asiento en el futbol) a disfrutar del espectáculo, expresándose con respeto. Dar a cada uno su derecho no puede implicar quitárselo a otro. No se puede vestir a un santo desvistiendo a otro. Y no se puede pitar en los oídos de quien quiere escuchar el himno de su país teniendo derecho a ello. La pitada va por barrios, aprendices de matones que sin banderita, silbato y masa para esconderos no tenéis ni media. Algún día una turba irá a pitaros a vosotros, y cuando truene, iréis a contarle a Santa Bárbara eso de la libertad de expresión sin los espumarajos que hoy echáis por el hocico.

Decir esto hoy en España, y más aun defenderlo en Barcelona, puede resultar tremendamente transgresor a ojos de la masa borreguil y atontada por el sonido de su propio berrido. Yo bebo de las fuentes del Digesto, obra jurídica que inspira el derecho de occidente; la masa sigue la indigesta bazofia de los nuevos mesías de vía estrecha que esbozan una sonrisa traidora cuando la ven pitar al tam tam de sus irresponsabilidades. La masa pita al estilo de Fuenteovejuna, sin pensar el porqué, simplemente mirando al de al lado y esforzándose por pitar más fuerte que él para que nadie pueda pensar que es menos y expulsarle de la tribu.

Craso error: lo importante no es lo que opine yo de ellos, sino ellos de sí mismos. Lo importante no es una hueca y borreguil libertad de expresión, sino tener algo que expresar. A más decibelios, más masa, más alienación. Menos libertad.

Mike Donnigan
News Reporter
Soy un abogado liberal de la Escuela de Weld; quizás no sea un genio, pero no dejo que otros piensen por mí. Rindo cuentas al tribunal de mi propia razón, ya que de Juvenal aprendí que es cosa torpísima el anteponer la vida al honor, y por salvar la vida perder la razón de vivir. Mi patria es mi cultura e intento ocuparme de mis cacharros, sin agobiarme por no saber hacer el barro; Siempre dispuesto a batirme, con la pluma o con el sable.

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