El Almacén de Retales

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Como suele decirse en el deporte aplicado al típico equipo roto, desunido, en el que crece la cizaña y el líder ya no lidera nada: ayer se mascaba la tragedia en la jornada electoral. Ironías de la historia, fue en unas elecciones municipales un 12 de abril de 1931 cuando España dio su último gran golpe de timón hacia el desastre. En ellas, a pesar de haber ganado los partidarios de la monarquía en términos absolutos, en las grandes ciudades triunfaron los innovadores, los expeditivos, los “demócratas” y el fruto de su innovación tardó cinco turbulentos años en tornarse en tragedia a la española, es decir: sangre, odio e inquina, el Cid cabalga. Hoy como entonces la primavera la sangre altera, y 84 años después en plena era digital, con el mundo entero accesible a golpe de smartphone, unas elecciones municipales en España han dejado el control de las dos principales capitales, Madrid y Barcelona, en manos de dos comunistas. En una esquina, Manuela Carmena, una veterana que pretende instaurar por decreto la justicia social (eufemismo de saqueo) con medidas tan variopintas como crear una granja escuela en el Club de Campo y plantar huertas en el campo de golf. En la otra, Ada Colau, una actriz frustrada que propone arreglar la economía de la Ciudad Condal acuñando su propia moneda y obligando a proveedores, funcionarios y demás damnificados a aceptar sus estampitas a fin de cobrar sus legítimos créditos.

Hoy es lunes de resaca, la confusión está servida y ya han empezado a lanzarse las bombas de humo. Todos han ganado, nadie ha perdido. Siempre hay un dato al que agarrarse y una manera de presentarlo al vulgo. Pero pónganse las mascarillas, echen cuerpo a tierra, intenten salir de la humareda señuelo y piensen en que ha pasado. No hace tanto tiempo, en 2011, el PP arrasó en todas y cada una de las taifas españolas, incluso en aquellas donde no se había visto una gaviota volar tan alto en democracia. Conquistó el poder en las principales ciudades y, cuando unos meses después obtuvo una mayoría absoluta tan amplia en las elecciones generales, el poder en manos de Mariano Rajoy fue prácticamente absoluto en todas las administraciones del estado.

¿Cómo ha usado ese poder Mariano Rajoy? Evidentemente mal, hasta el punto de que a fuerza de malgastarlo por completo, lo ha perdido. Su responsabilidad en el descalabro electoral es tan grande y nítida, que ya no encuentra refugio tras el parapeto de la herencia recibida, la crisis y demás excusas. Es bien sabido que muchas excusas son siempre menos convincentes que una sola, y Rajoy lleva desde el primer minuto de su gobierno viviendo de ellas para incumplir sus promesas con la eficacia y precisión del más ducho de los relojeros suizos. Arriolas tiene la santa madre política, sus mentes preclaras canturrean la estrategia en el oído del líder y ellos saben, desde luego, lo que los demás ignoramos, pero parece que esta vez ha calibrado mal la pasión, el odio y la exaltación española. Esa fuerza tan nuestra capaz de ganar cualquier batalla, todos a una gritando Santiago y cierra, España, en una proporción de 1 contra 10; como de entrar en casa del señorito, beberse su vino, fornicar en su alcoba, ponerse su ropa y acabar incendiando la casa junto con todos los conventos de Madrid, ya puestos.

Resuena en mis oídos esa coletilla tan difundida durante la travesía por el desierto de la oposición: Será un gran presidente, auguraban. Pues ha resultado lo contrario. A Rajoy se le ha evaluado, se le ha medido y definitivamente no ha dado la talla. Ha heredado el empleo de contador nubes de zETAp y se ha dedicado a mirar pasmado al tendido mientras España se agitaba como nunca en democracia. Ha renunciado a hacer política, a cumplir su programa electoral. Ha despreciado a sus votantes y ha creído ilusamente que le iban a perdonar la multidisciplinar traición a la que nos ha sometido. Me incluyo entre sus traicionados porque yo estuve en las calles de Madrid con él en las grandes manifestaciones pidiendo dignidad para las víctimas, defendiendo a la familia, rebelándome contra la ruptura de España y demás causas absolutamente trascendentales para garantizar nuestro futuro. Todo ello hasta 2008, ya que fue entonces cuando donde había dicho digo, pasó a decir Diego y recomendó abiertamente a los liberales de sus filas que se fueran al partido liberal y a los conservadores al conservador. Había nacido el marianismo, se había refundado el PP aunque para mal. Aun sin creer del todo que fuera a resultar tan traidor, pero movidos por el hastío, la vergüenza y el cansancio infringido por Zapatero, le volvimos a votar en tromba en 2011, aunque en mi caso muy escéptico y como suele decirse, con la nariz tapada. Como en el estrambote cervantino, Mariano arrasó en 2011, pero luego, incontinente, caló el chapeo, se tiró en la cama, miró al soslayo, gobernase y no hubo nada. Y todo ello dejando para la posteridad una serie de hitos en forma de frases para la vergüenza que resumen a la perfección su proceder y su manera de afrontar nuestros problemas históricos, desafíos y retos nacionales.

La economía es lo único importante. Mariano ha apostado desde el primer momento todo su capital político a la baza de la economía, intentando inflar al máximo posible sus exiguos éxitos en esta materia. Éxitos que por otra parte y desde mi desconocimiento, no soy capaz de atribuir con claridad el mérito a sus políticas o a las que vienen impuestas por la Unión Europea. Lo que si distingo y aprecio perfectamente, es que el coste de la recuperación ha caído sobre las espaldas del contribuyente, al sufrir la mayor subida impositiva de la democracia y a pesar de prometer en la campaña electoral que iban a bajar los impuestos. No solo ha sido lo contrario, sino que ha elevado el listón impositivo por encima de lo que reclamaban en 2011 comunistas, socialistas y demás hordas saqueadoras. Asimismo el gasto público no se ha reducido significativamente y el empleo público ha crecido en detrimento del privado, donde se ha concretado la subida del paro que está hoy en torno al 23% cuando él lo recibió en torno al 22%. Al ser a su juicio la economía lo único importante, se han despreciado olímpicamente otras políticas que interesaban a su electorado, como por ejemplo la cuestión del aborto, que se ha cobrado la carrera nada menos que de Alberto Ruiz Gallardón; la reforma de las administraciones públicas y adelgazamiento del estado; y los desafíos separatistas, simulacro de referéndum mediante celebrado con éxito y sin ningún tipo de consecuencia penal o siquiera política para sus promotores ante tamaña afrenta. En definitiva, con su lapidaria frase de que la economía es lo único importante, ha despreciado un sinfín de cuestiones y ha hecho del incumplimiento su bandera, minando en consecuencia su credibilidad frente a cualquier votante medianamente crítico y comprometido.

Siempre he afirmado la independencia judicial y lo sigo haciendo ahora. Ninguna traición a sus principios y promesas fundamentales iguala en felonía al manejo de la justicia que ha impulsado Mariano Rajoy. A pesar de prometer en campaña que se iba a terminar el reparto político del poder judicial, nada más llegar al cargo y en el ejercicio más notorio y repugnante de despotismo, despreció a la división de poderes y la independencia de las instituciones, para en connivencia con todos los grupos parlamentarios (con la honrosa excepción de UPyD) repartirse tan suculento botín. Así, el gobierno de España repartió a los 20 vocales del Consejo General del Poder Judicial, haciendo oídos sordos a la fundamental recomendación de George Washington, quien opinaba que la verdadera administración de justicia es el pilar más firme de un buen Gobierno. Todo ello en un momento en el que las causas de corrupción se suceden, salpican a todos los partidos, la Casa Real y prácticamente a todas las instituciones del estado; precisamente cuando es más necesaria que nunca la independencia y el respeto a la justicia. Políticos y jueces; Jueces y políticos. Que malos vasallos y que malos señores.  

Está lloviendo mucho. Con esta lapidaria frase resumió Mariano Rajoy la sentencia de un pseudo tribunal extranjero que, interpretada en su manera más extensiva y beneficiosa para los terroristas, derogaba por completo la Doctrina Parot y excarcelaba masivamente a los criminales más sanguinarios y crueles de nuestra historia reciente, violadores y secuestradores incluidos. Pero de la misma manera que quien ve llover tras los cristales, el que canturrea la balada de otoño de Serrat, la política antiterrorista de Rajoy ha sido un canto triste de melancolía, heredada de Zapatero y sus oscuros pactos con la ETA. Rajoy no se ha pronunciado ni con un murmullo, ni con un lamento y ha permitido que el recuerdo de la brava y valiente manera de enfrentarse a la ETA del espíritu del PP de las navidades pasadas, se la llevara el viento. La primera puñalada en el alma de los que hemos sufrido como propios los crímenes etarras, porque en el duelo de aquellos tiros en la nuca participa la España que se no resignaba (ni se resignará) a sucumbir al chantaje mafioso, fue la excarcelación de Bolinaga para que pudiera morir en paz. La paradoja del cazador cazado nos mostraba como se despreciaba a un símbolo de nuestra democracia, Jose Antonio Ortega Lara, hasta el punto de abandonar él mismo el PP, en pro de un vil asesino y torturador, llegándose a afirmar por el Ministro del Interior que de no excarcelarle habría prevaricado. Jamás mayor deshonor perpetrado por tan pocos, pisoteo la memoria de tantos. Para la ignominia queda la situación actual del PP Vasco, otrora dirigido por gigantes morales, en la actualidad destruido por eunucos acomplejados, de la carrera de la edad cansados por quien caduca ya su valentía. Mientras ETA no mate cualquier afrenta es tolerable. La falsa paz ha llegado vestida de claudicación.

Luis, lo entiendo. Se fuerte. Mañana te llamaré. Un abrazo. Con esta frase se despedía nuestro presidente del que fue tesorero y gerente de su partido durante varias décadas, antes de colocarle la máscara de hierro y encerrarle dos años y medios bajo siete candados. Con esta frase, que habría terminado con la carrera de cualquier político en cualquier país medianamente serio de occidente, Mariano Rajoy se ha retratado en su empresa de escurrir el bulto y esconder bajo la alfombra toda la corrupción que ha pasado por delante de sus narices desde que ocupa las más altas responsabilidades de uno de los dos partidos más importantes de España. ¿Quién es capaz de cargar sus alforjas con la carga de varias décadas de sueldos en negro, contabilidades paralelas y donaciones encubiertas de favores políticos? Solamente alguien tan tremendamente desnortado que piensa que va a ser capaz de colar el gol a la población de que él, y quienes le rodean, eran ajenos a todas estas prácticas. Rajoy ve el ERE en el ojo ajeno, sin ver el jaguar en el propio. Y de paso, para esconderse tras su propia culpa, ha pagado su ira descabezando periódicos y arrinconando cuantas voces críticas han salido a denunciar lo que por otro lado era obvio. Lo que se conoce popularmente como matando al mensajero.

Por todo lo anterior y lo que me dejo en el tintero. Por todas las luchas internas, los enfrentamientos entre los vicepoderosos del PP, sus ataques a sus aliados naturales y su obsesiva dedicación a presentarse como la única alternativa al miedo de comunistas y otras especies, Rajoy empieza a pagar las consecuencias de su mala política, de su pasotismo y de su savoir faire, basado en actuar de Don Tancredo ante los miura que embisten a la patria. Pero si de lo que hablamos es de garantizar la mayor libertad al menor coste, como debería de ser; si estamos tratando de buscar la felicidad; de alcanzar las metas y perseguir nuestros objetivos; el miedo al caos no puede ser un ingrediente. Tiene que ser el trabajo, el esfuerzo, la fraternidad, el compañerismo, la honradez, la decencia y la sinceridad. De todo ello carece Rajoy, y a fuerza predicar con el ejemplo, también escaseamos los españoles.

Solo queda hacer las maletas o preparar la resistencia, pero para esto último necesitamos mucho más que bonitas palabras y política de salón. Hace falta alguien que entienda, con firmeza y determinación, que ninguna causa en la historia de la humanidad fue luchada y ganada bajo la fórmula: estoy a favor del consenso, en palabras de Margaret Thatcher. Es preciso alguien que explique a la gente que el propósito de la política de bienestar debería ser la eliminación, tanto como sea posible, de la necesidad de tal política, tal y como pensaba Ronald Reagan. Necesitamos un líder que inspire como ejemplo que el éxito no es definitivo, el fracaso no es fatídico, lo que cuenta es el valor para continuar, como recordaba Churchill. Un referente moral como Juan Pablo II que parte de un lema simple y rotundo: NO TENGÁIS MIEDO.

Cualquier cosa menos la frase que resume el marianismo en palabras de su fundador y máximo exponente:

A veces la mejor decisión es no tomar ninguna decisión y eso es también una decisión.

 

Nota bene: Desde el 11 de marzo de 2004, todo lo que ha pasado en España es 11M. Podemos incluido. 11M significa mentira, corrupción, manejo, logia, traición, conspiración, impunidad, falsedad y destrucción. Mientras no afrontemos los problemas existenciales y estructurales de la nación española, habrá 11M; y mientras no cojamos el toro por los cuernos y se haga justicia sobre los sucesos que a costa de matar a cientos y mutilar a miles, cambiaron el rumbo de nuestra patria, seguirá habiendo 11M y España seguirá siendo un manicomio en régimen de autogestión. Está escrito.

Mike Donnigan
News Reporter

Soy un abogado liberal de la Escuela de Weld; quizás no sea un genio, pero no dejo que otros piensen por mí. Rindo cuentas al tribunal de mi propia razón, ya que de Juvenal aprendí que es cosa torpísima el anteponer la vida al honor, y por salvar la vida perder la razón de vivir. Mi patria es mi cultura e intento ocuparme de mis cacharros, sin agobiarme por no saber hacer el barro; Siempre dispuesto a batirme, con la pluma o con el sable.

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